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martes, 19 de enero de 2010

Día 1. La envidia

Pensabas que no llegaría el día, pero no caerá esa breva. Ya lo decía Murphy (y sino, le pega todo decirlo) que si no quieres que llege el día en el que tienes que dejar de fumar - por autoimposición -, el día llega antes de lo que es físicamente posible.

Anoche me fumé el que espero sea mi último "piti", y no lloré ni nada...insensata. No sabía lo que se me venía encima.
Ahora llevo unas 27 horas sin fumar. Estoy batiendo un record personal inimaginable y de incalculable valor (cuantificable). Sé que debería sentir orgullo. Pero lo único que siento es envidia.

Sí, envidia de tí, que mientras me lees te enciendes un palito de placer.

Y de tí que me pides en el patio de la universidad un cigarro sin saber el daño que le haces a todo mi bolso, que sufre en (obvio) silencio la nostalgia del paquete de Lucky Strike que siempre viaja con nosotros - línea 7 arriba, línea 7 abajo -.

Y sí, también de ti, que fumas y fumas por la ventana de clase antes de que llege el profesor... Sin compasión alguna pides un "calo" al de al lado, me miras, siges la conversación, como si el humo exhalado no hubiera entrado ya en el campo de mis capacidades olfativas, como si mi nariz fuera ciega y yo fuera tonta.
No te mofes, que te veo. Y sufro envidia. Sienteté orgulloso.